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Osvaldo Bodni - Psicopatología General

El Dr. Osvaldo Bodni se desempeñó como Profesor Titular con cátedras en la Universidad de Belgrano, Atlántida Argentina, y Bar Ilan. En esta última fue el Director Fundador de la Carrera de Psicología, y creador de su plan de estudios. Ha sido jurado y también director de numerosas tesis de investigación para el Doctorado en Psicología. Ha trabajado fundamentalmente en el área de la psicopatología, disciplina sobre la que ha realizado desarrollos de investigación originales presentados en diversos congresos de la especialidad. En el campo de la sociedad y la cultura ha investigado, entre otros temas, sobre las consecuencias psicopatológicas de la represión política, sobre la manipulación publicitaria del hombre contemporáneo, sobre nuevas formas de adicciones, y otros. Actualmente es Profesor Titular de Maestrías en las Universidades CAECE y del Salvador.


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Maxwell Maltz - Psicocibernetica

La importancia de la autoimagen se reconoce desde hace más de diez años. No obstante, se ha escrito muy poco sobre ella. Curiosamente, ello no se debe a que la “psicología de la autoimagen” no haya obtenido buenos resultados sino, por el contrario, al sorprendente éxito que ha logrado. Como lo expresó uno de mis colegas: “Me he mostrado renuente a publicar mis hallazgos –en especial, ante el gran público debido a que si presento las historias clínicas de algunos de los casos que traté y describo las sorprendentes y espectaculares mejorías en la personalidad, temo ser acusado de exageración o de pretender iniciar un culto, o de ambas cosas.”
Yo también experimenté esa misma renuencia. Cualquier libro que yo escribiera sobre la materia sería considerado como heterodoxo por algunos de mis colegas, por diversas razones. En primer lugar, algo hay de heterodoxo salirse del apretado cerco del dogma –del “sistema cerrado” que es la “ciencia de la psicología”- para indagar
respuestas relativas a la conducta humana en los campos de la física, de la anatomía, y de la nueva ciencia de la cibernética.


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Carlos Castilla del Pino - La Incomunicacion

Si la incomunicación entraña un grave problema para el hombre inmerso en la sociedad, lo que ante nosotros aparece con carácter fáctico es la incomunicación. ¿Cómo es posible que la comunicación real de cada individuo quede abortada hasta dejar al hombre relativamente aislado y sólo superficialmente comunicable? Esta es la pregunta fundamental de un libro básico por su claridad expositiva y la profundidad de sus conclusiones.


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German Ferrari - La Comunicación. Principio, Fin Y Dilema De Los Medios Masivos

¿Se puede vivir sin ver la televisión, escuchar la ra¬dio, leer el diario o ir al ci¬ne? Algunas personas opinan que la televisión es algo innecesario, que sólo sirve para embrutecer concien¬cias. Sin embargo, ven cine con frecuencia.
Otras jamás compran un periódico; sólo se informan a través de la radio, siempre encendida en el hogar o el trabajo. Están los que nunca van al cine porque prefieren quedarse en su casa senta¬dos cómodamente delante de la televisión, con un ape¬ritivo en la mano, viendo una película alquilada en un videoclub.
Más allá de las preferen¬cias personales, no se puede vivir al margen de los medios masivos de comunicación.
Ricos y pobres, habitantes de la ciudad y del campo, adherentes a la derecha o a la iz¬quierda viven en un mundo dominado por la imagen y la información. Quizá, dentro de algunos años, todo el mundo se pregunte con sufi¬ciencia: ¿quién puede vivir sin Internet?
El cine tuvo sus vaivenes antes de ser aceptado masivamente, pero se impuso. La radio, que ocupaba el podio en sus inicios, dejó su lugar de privilegio dentro del hogar a la televisión, que irrumpió en el universo tecnológico, convirtiéndose en líder del entretenimiento y la información. Cincuenta años más tarde apareció Internet, hoy en día en pleno proceso de expansión.
Pero las comunicaciones no se valen únicamente de estos medios masivos. Los discos, las historietas, los faxes, los CD, los videos y los teléfonos celulares, entre otros, fueron incorporados por la sociedad moderna, que fomenta cada vez más la necesidad de poseer bienes de consumo.
En la actualidad, la televisión, el cine y la radio están en el centro de la vida de la mayoría de la gente. La sociedad discute sobre los valores que transmite una película o un programa televisivo. Los mismos medios productores de ideas (a veces simples repetidores) se transforman a su vez en tema de polémicas y debates.
La actitud de la audiencia hacia los medios masivos pasó en poco tiempo de la seducción al rechazo, por lo menos entre la inte¬lectualidad. De bien supremo a gran fábrica de aliena¬dos, la televisión ha atraído la atención de investigadores, que desde la sociología y la psicología han tratado de interpretar este fenómeno que no distingue edad, género ni posición social.


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Roland Barthes - Critica y Verdad

Lo que se llama “nueva crítica” no data de hoy.
Desde la Liberación se emprendió (cosa perfectamente normal) cierta revisión de nuestra literatura clásica al contacto de nuevas filosofías, hecha por críticos muy diferentes y conforme a monografías diversas que terminaron por abarcar el conjunto de nuestros autores,
de Montaigne a Proust.
Nada tiene de asombroso que un país retome así periódicamente los objetos de su pasado y los describa de nuevo para saber qué puede hacer con ellos: esos son, esos deberían ser los procedimientos regulares de valoración.


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La Escuela de Lacan

La Escuela de Lacan
Pablo Fridman


Presentación leída el 3 de diciembre de 1999 en las jornadas
preconstituvas del Foro Psicoanalítico de Buenos Aires



Fue una preocupación constante de Lacan investigar el siempre problemático lazo social que establecen los analistas. Y esto se debe a que dicho lazo tiene efectos directos en la clínica, en los consultorios, e influye de forma decisiva en las módicas chances que tiene el psicoanálisis de subsistir.

Los psicoanalistas sabemos que la transferencia otorga un poder, que de no ser contrapuesto por dispositivos, corre el riesgo de hipnotizar por la vía del amor y la sugestión.

No es igual que la relación entre los analistas se establezca sobre la base de una estructura piramidal, al modo de como Freud considera al ejército y a la iglesia en su "Psicología de las masas...". Esta modalidad de organización establece, se quiera o no, aparatos burocráticos superpuestos, jerarquías artificiales, la necesidad de "hacer carrera", en suma trepar en la pirámide. Mas allá de las mejores intenciones y las mejores artimañas, nadie puede evitarlo: estar en una pirámide obliga a escalar. Se trata de la lógica fálica, lógica que apunta al Uno como Todo, y esa lógica, que puede ser muy útil y necesaria para la mayoría de las agrupaciones humanas, en el caso del psicoanálisis se revela como opuesta a su propia práctica. Los psicoanalistas, según Lacan, no pueden agruparse como el ejército ni como la iglesia, ni como una empresa, dado que la eliminación de la dimensión de la falta en el lazo asociativo esteriliza la práctica analítica como tal.

Desde esta situación, se le impuso a Lacan preservar la comparecencia de la falta en el modo de organización de los psicoanalistas. Proteger y ubicar en la base institucional al real que implica la clínica, y al real que determina la imposibilidad formal de que los psicoanalistas hagan un conjunto cerrado. La síntesis axiomática que define este impasse es la afirmación de que la escuela se establece para responder a la pregunta acerca de qué es un analista. Pregunta sin respuesta posible desde ningún enunciado predicativo, sino a través de dos dispositivos: cartel y pase.

El dispositivo del cartel implica al de permutación, se trata de grupos reducidos cuya disolución es obligatoria luego de un lapso de tiempo, sin una autoridad en el saber. Y que como efecto de esta disolución, se espera el saldo de un trabajo y una producción. La elucubración de saber no está unificada, ni garantizada desde una posición de impartición de saber, no hay "lectores privilegiados" ni conclusiones establecidas a priori, no hay enseñanza oficial, en todo caso se trata de obtener un saber que tenga consecuencias en la verdad, o sea que pueda cernir un real y no se agote en un mero palabrerío. Cualquier integrante de un cartel puede recrear la teoría, siempre que fundamente de que manera ha llegado a sus conclusiones. Uno de sus integrantes, que puede ser cualquiera, toma como función descompletar la inercia inevitable del grupo, y causar el trabajo de elaboración en cada uno de acuerdo a su particularidad. Particularidad que no está desligada del deseo que lo empuja a la producción teórica, y que de ninguna manera puede ser impuesta ni uniformada por una exigencia institucional.

La elucubración de los integrantes de un cartel no se sostiene en una enseñanza universitaria.

El dispositivo del pase se anuda con el del cartel y el de permutación, en tanto pone a los efectos de la clínica con relación a la elucubración de saber. La pregunta que el pase sostiene en su dispositivo es: ¿que se espera de un fin de análisis?, ¿que efectos provoca el análisis en un sujeto?, ¿que ganancia de saber producen los efectos clínicos en una comunidad analítica?. Sacar a la clínica del oscurantismo de los consultorios y de las comunicaciones entre los analistas (siempre produciendo de sus casos un relato, a la manera de un relato del sueño, o sea una elaboración secundaria), es el desafío de Lacan a los psicoanalistas, por lo que ha sido históricamente el punto de impasse y muchas veces de ruptura institucional. La deformación frecuente del pase ha sido convertirlo en una nominación honorífica, darle un carácter jerárquico institucional, con lo cual se destruye su esencia, que es la de transmitir la singularidad y multiplicidad de los efectos del fin de análisis, de como el deseo del analista se ha instalado en un sujeto a través de su neurosis (no de sus diáfanos anhelos). Y fundamentalmente el lugar del Analista de la Escuela es descompletar las inercias burocráticas de la Escuela, funcionar de contrapeso a los poderes de la transferencia y conmover las inercias del poder institucional.

En la Escuela de Lacan el cartel no es una demostración de sabiduría o militancia, el trabajador decidido no es el que interviene en mayor número de cartels, ni el que se esmera por ser reconocido basándose en una nominación. El pase no es un título honorífico, sino una función que descompleta el efecto de grupo institucional. La transferencia que se despliega a posteriori es efecto de un producto, no un a priori jerárquico o un premio a la fidelidad institucional, o a la militancia.

Evidentemente, se trata en estos dispositivos de movilizar el real que sostiene la práctica analítica, que de no ser tenido en cuenta retorna como imposición de un poder arbitrario que homogeneiza y achata la producción, o como un malestar indialectizable que se satisface en la maledicencia y en la conspiración de subfacciones.

Algunos psicoanalistas pensamos que todavía es demasiado temprano para dar por imposible el dispositivo de escuela que Lacan propone. Ponerlo en función es una apuesta, que como todas las apuestas verdaderas, supone un alto índice de incertidumbre. La opción sigue siendo arriesgar en la dirección de lo real, sin ninguna garantía, o volver a las ya conocidas asociaciones de profesionales de ayuda mutua, en donde el éxito profesional es sabido que es bien posible (con la habilidad confabulatoria y diplomática necesaria), pero con la pérdida irremediable de lo mas fecundo del psicoanálisis: lo real de la clínica, que en suma es lo imposible a soportar.




Revista de Psicoanálisis y Cultura
Número 9 - Julio 1999
Acheronta

Límites y Alcances del Acto Jurídico en Familia

Límites y alcances del acto jurídico en familia
Luis Camargo

Cuando una familia o alguno de sus integrantes recurre al ámbito jurídico, ¿qué es lo que pide, qué es lo que demanda? ¿Esto que demanda, es de orden jurídico, o puede serlo de otro orden? A su vez, y de parte de los administradores de Justicia, ¿qué suponen tener enfrente en una demanda judicial del ámbito de familia? ¿Qué es definitiva para el discurso jurídico, la familia? Estos interrogantes los considero preliminares a todo posible cuestionamiento sobre la eficacia o no, los alcances o las limitaciones del acto jurídico en ese foro.

Comencemos intentando algunas aproximaciones a los conceptos de familia. Y si hablo en plural, es porque obviamente, hay más de uno, entre los cuales el jurídico será tan sólo uno.

La ambigüedad del concepto de "familia" se sustenta en el hecho de que históricamente, dicho término ha designado diversas realidades, a veces muy distantes entre sí. Si se intenta definir a la familia por los lazos que unen a quienes la componen, hallaremos por ejemplo, que dos de las ideas básicas que sustentan a la familia moderna (entendiendo por tal a la surgida de la postrevolución industrial), en siglos anteriores estuvieron profundamente disociadas. Me refiero a las ideas de "corresidencia" y "parentesco". Efectivamente, se ha designado a la familia en sentido amplio como "el conjunto de personas mutuamente unidas por el matrimonio o la filiación", lo cual ha permitido establecer a su vez las ideas de "linaje", "descendencia", "dinastía", etc.. Pero a su vez, se considera familia a "las personas emparentadas que viven bajo el mismo techo" y "más espacialmente el padre, la madre y los hijos" (Dictionnaire Petit Robert). Como lo señala J.L. Flandrin, en nuestras sociedades occidentales es raro que vivan en el mismo hogar otras personas fuera del padre, la madre y los hijos. Ahora bien esta conjunción entre corresidencia y parentesco no era tal, por ejemplo, entre los siglos XVI y XVIII. Según fuentes que cita el propio Flandrin, en 1755 se daba como definición de familia "los que viven en la misma casa, bajo una misma cabeza" (Dictionnaire royal françois et anglois). Y ello incluía tanto sirvientes y domésticos como los hijos de los mismos. Ahora bien, a la hora de considerar a la familia en un sentido más estricto, por esas épocas se apelaba a la pertenencia a "una misma sangre por parte masculina" (Dictionnaire de l'Académie), lo que origina la asociación del término "familia" con los sentidos de "raza", "linaje", "tronco", y más fundamentalmente, "parentesco". Pero ambas ideas, las de parentesco y corresidencia podían por entonces marchar separadas, y no es sino hasta el siglo XIX que se fusionan sólidamente, acentuándose la independencia de la tríada padre-madre-hijo tanto en relación al linaje como a la servidumbre. Posiblemente la expansión actual de los divorcios apunte a desligar nuevamente ambos conceptos, pero esto no es sino un fenómeno demasiado reciente como para considerarlo consolidado a la hora de escrutar la definición de familia en el imaginario social.

Otra cuota de ambigüedad se hace manifiesta cundo se pretende definir a la familia por sus fines y funciones. Es claro que éstas y aquellos no son las mismas hoy que ayer.

Desde un punto de vista, si se quiere, sociológico moderno, se ha recontradicho que la familia es la célula básica de la sociedad. Una institución que implica un régimen de relaciones sociales que se determinan mediante pautas institucionalizadas relativas a la unión intersexual, la procreación y el parentesco. Es un grupo social de interacción que a su vez se incluye en una red más amplia de relaciones con el medio, a través de una serie de pautas -obligaciones y derechos-. En síntesis, la matriz de la socialización primaria de los individuos, socialización que cuenta con el aval de la promoción a un primer plano, de los discursos pedagógicos y psicologistas que nacidos del Iluminismo irán conformando los ideales de la Modernidad.

Ahora bien, tal como lo señala el prestigioso jurista Eduardo Zanonni, una definición sociológica de la familia no debe necesariamente coincidir con la definición que responda a un concepto estrictamente jurídico de la familia. Dice entonces, tanto la sociología descriptiva como la analítica constatan, diríamos, el modo de ser de las formas de vida social a partir de análisis puramente empíricos. Mientras tanto, el derecho constituye expresión de un conjunto de presupuestos ético-políticos que mediatizan la consagración normativa de determinadas relaciones a través de juicios de valor. Y luego ensaya una definición jurídica de la familia, del siguiente modo:

«La familia es el conjunto de personas entre las cuales existen vínculos jurídicos, interdependientes y recíprocos, emergentes de la unión intersexual, la procreación y el parentesco.»

Una mención aparte merece la lectura de este autor, cuando se aproxima a la cuestión de los fines del matrimonio. Si bien admite que el Código Civil argentino no define ni explicita los fines del matrimonio,dice, esto no significa desconocer que tales fines existen y, de hecho, se hallan implícitos en el estatuto de las relaciones que el matrimonio determina entre los cónyuges. No es indiferente que todos los párrafos anteriores a esta conclusión los haya dedicado a analizar los Códigos del Derecho Canónico y las declaraciones conciliares y eclesiásticas, pues es desde allí de dónde surge aquello implícito que él menciona en los fines del matrimonio.

En síntesis, cualquiera sea la defición de familia que se intente, sea ésta histórica, sociológica o jurídica, su ambigüedad o dificultad para el establecimiento de la misma estará presente, salvo en un punto en el cual todas estas definiciones del concepto podrían acordar. Antes de explicitarlo, introduciré el interrogante que considero central.

Se escucha decir con suma frecuencia entre los abogados y jueces del ámbito de Familia, que éste es un campo imposible, que allí lo jurídico tiene escasas posibilidades de acción, que esta acción suele conllevar entre quienes la llevan a cabo sentimientos de impotencia y desconsuelo...

La cuestión es: ¿tendrá esta sensación de impotencia relación con la concepción jurídica que se posee de la familia, con los presupuestos ético-políticos que la sostienen? ¿Influye esa concepción, si o no y de qué modo, al momento de responder a las demandas o a las querellas familiares?

Tanto la Sociología como el Derecho parten al definir a la familia, desde una positividad, desde una serie de valores positivos, diríamos aún más, objetivos, al menos en el siguiente sentido: responden a un imperativo categórico -y por tanto universalmente objetivable- del "así debe ser" (kantiana moral del bien). Cuando un Juez tiene que fallar sobre cuestiones familiares, en general lo hace desde esta positividad, pues su función es juzgar acorde al Derecho. Juzga desde la juridicidad misma del vínculo familiar o conyugal en cuestión, en el mejor de los casos: en el peor, lo hace desde sus propios prejuicios sobre "la familia". Juzga sobre Personas Jurídicas (como dice la definición de Zanonni). Y el problema es que muchas demandas (no digo todas) que se dirigen al foro de familia, no son jurídicas estrictamente, ni son realizadas por personas jurídicas, sino por sujetos deseantes que reclaman "otra cosa" que la sanción jurídica. Yo diría: por sujetos del deseo que sufren y padecen la positividad de los discursos sociales prevalentes sobre la familia. Desde allí sería cierto por ende, que el dispositivo jurídico no tiene alcances sobre las problemáticas familiares, como deja oir la queja que resaltaba más arriba. Pero no es menos cierto, que al hacer entrar una otra dimensión en ese campo, se le abre al mentado dispositivo una gama inédita de posibilidades de acción. Antes de precisar qué puede ser esa "otra cosa" que se demanda y qué respuestas pueden corresponderle, veamos una modalidad diferente de concebir a la familia que como positividad.

Esta forma de la interrelación entre los sexos nos la proporciona el psicoanálisis. Veámos una de las concepciones del amor que nos ofrece Freud, tomada de su texto "Introducción al Narcisismo". Allí dice el creador del psicoanálisis:

«Se ama:

1º. Conforme al tipo narcisista:

  1. Lo que uno es (a sí mismo).
  2. Lo que uno fue.
  3. Lo que uno quisiera ser.
  4. A la persona que fue una parte de uno mismo.

2º. Conforme al tipo de apoyo (o anaclítico):

  1. A la mujer nutriz.
  2. Al hombre protector.

Y a las personas sustitutivas que de cada una de estas dos parten en largas series.»

Como se deduce de estas series de formas de elección de parejas, lo que une no es para nada una positividad, sino más bien algo del orden de una falta, de una carencia. Es conocida una de las definiciones que Lacan da del amor: "amar es dar lo que no se tiene a quien no lo es". Y es que en el amor, el otro...es siempre Otro, nunca es él. En fin, "los seres humanos nos unimos por lo que el otro no es... y nos separamos por lo que el otro es".

La consecuencia que podemos sacar de esto es que la familia, considerada ya en su mínima expresión, la unión de dos seres, es por estructura, el lugar de la falta misma. Es una conjunción siempre fallida. El encuentro entre los sexos siempre incluye al desencuentro: lo diferencial lo constituye el hecho de pensarlo no como una contingencia, sino como lo más propio de la estructura de la interrelación sexual.

Las funciones materna y paterna por su parte, también son siempre fallidas. ¿Es esto un desconsuelo? Por el contrario, que la familia sea una institución fallida, LA institución de lo imposible, es lo único que permite introducir a los sujetos en la circulación social y deseante. ¿Qué seria, por ejemplo, una madre que no falle? Aquella que no permita la separación de su hijo, que deje a su hijo prendido a ella. Son las madres psicotizantes. ¿Qué sería un padre que no falle? Sería el padre que encarne la Ley, que lo sea, sin representarla. Son los padres psicotizantes. Por ello, no damos con esta dimensión de la falta en la familia una visión trágica de la misma, sino que intentamos desmitificarla para volverla a su verdadero matiz creativo en la instauración de la subjetividad deseante de sus miembros, pues la familia es, en definitiva ese mal y único remedio que nos hace nacer y vivir. Los discursos oficiales tienden a idealizarla, es decir, a suturar el vacío creador que (y la) instituye. El discurso jurídico, en tanto forma parte de éstos, también. Y es esta idealización por la vía de la positividad señalada, esta imposibilidad de visualizar en la familia la propia dimensión de lo imposible, lo que obstaculiza el alcance de logros con efectos reales en los vínculos familiares. Y cuando digo reales, me refiero a aquellos que vayan más allá de reproducir situaciones que el propio grupo traía previo a la demanda jurídica.

Vayamos a la cuestión de la demanda, acotándola a las temáticas de divorcios, dejando al margen en este análisis las correspondientes a violencia familiar u otras con compromiso real de lo que la Justicia denomina "integridad física", ya que exceden el marco que aquí nos hemos propuesto, al involucrar problemáticas como la del estatuto jurídico de la "protección de personas", que a menudo refiere a los derechos de la niñez.

En general, y relativo a las cuestiones vinculares, se recurre al Juez en busca de un alivio o de una solución a una problemática que lo que ha hecho, es "descolocar" subjetivamente a aquél o aquellos que efectúan el recurso jurídico. Esta demanda al campo jurídico, que adviene cuando se han agotado otros recursos, es en su esencia un pedido de:

  1. Que una instancia tercera reconozca subjetivamente al miembro de la pareja que ha perdido dicho reconocimiento en el seno de la misma, y que, en el mismo movimiento, haga extensivo al otro de la pareja dicha actitud de reconocimiento para con él.
  2. Limitar al otro en un avasallamiento sobre su persona, delimitando los espacios correspondientes a cada quien.
  3. Legitimar su imaginaria idoneidad exclusiva para ejercer determinados roles, ilegitimando a su vez al otro en los mismos (Cf. cuestiones de tenencias controvertidas). Aquí se juega ese fenómeno de los tiempos posmodernos que Lipovetsky denomina el "derecho individualista al hijo".

Lo que se demanda en esencia pertenece al campo de la subjetividad en este punto preciso: la descompletud narcisista, desgarrada por las crisis familiares y que los demás recursos personales o familiares y dispositivos institucionales, no han podido restablecer. Si antes citamos a Freud, es en la medida que el psicoanálsis da cuenta del "engaño" estructural que sostiene a toda elección de pareja. Ese "engaño" es el de la completud, el del platónico (Cf. el mito de Aristófanes en El banquete) y fusional "dos que hacen uno" -otra manera de designar la positividad de la que hablábamos-, y que las crisis familiares sin salidas vienen a refutar una y otra vez. Aunque esa completud no haya estado presente en lo fáctico de la relación, pues a veces se constatan parejas dónde tal "idilio" jamás se produjo: ello no implica que no haya habido sino una posición estructural de reclamo al otro, insatisfacción mediante. No se trata pues, de un "engaño" evitable: en puridad, toda historia de amor comienza en una idealización, para continuarse con la puesta en acto de fijaciones infantiles de cada quien con sus primeros objetos de amor incestuosos, tal como lo evidencian las series que citábamos en Freud. Toda separación en definitiva, no lo es sino de esos objetos incestuosos. Cuando ella no se produce, la queja y el reproche dan forma permanente a la guerra entre los sexos.

Esta demanda, este reclamo de restitución subjetiva, dista de ser jurídico, y su "verdad" se juega mucho más allá de "las pequeñas verdades objetivables" que pueden habitar los expedientes, más allá de los testigos que se presenten para convalidar las pretensiones judiciales. Al ser verdades subjetivas y no objetivables, al ser la demandada una operación (la de restitución subjetiva) imposible por esencia al juzgador, podríamos anticipar que la operación jurídica está fracasada desde su inicio mismo cuando la demanda tiene estas características. Uno de los inconvenientes que se le presenta al juzgador en materia de familia, es que recibe la demanda en un contexto de sincronía de la familia (más allá de los buenos oficios de los abogados que creen relatar una historia familiar en dos carillas, por lo demás, iguales en esencia en todos los casos). A la dimensión diacrónica, histórica, de la familia no tiene acceso directo, sino por cómo la subjetiviza cada uno de los miembros de la familia. Y el problema es que es en esa dimensión histórica de cada grupo familiar dónde la verdad que lo sostiene y sostiene a cada uno de los miembros de ese grupo puede formularse. El inconveniente, es que se trata de una verdad no dicha, una verdad que no se enuncia sino a medias, entre líneas, y que por tanto, no se puede hallar en expediente alguno, sino en la palabra hablada de los sujetos, y sólo por el rodeo del develamiento y la interpretación.

Y es aquí dónde puede jugarse el "arte" en la escucha del juzgador. Digo "arte" y no ciencia, doctrina, o (mucho menos) moral. En todo caso, una ética y un estilo, parientes entre sí.

Pues, hay que tener cierto don, cierto fino oido propio de artistas, diría, absolutamente desprovisto de prejuicios, para escuchar los problemas del ámbito de familia: esto vale tanto para los jueces, como para los abogados de esa rama del Derecho. Y como es obvio, para los analistas que operan en ese foro a modo de "peritos" o de integrantes de equipos multidisciplinarios.

Ese arte puede consistir, al menos, en:

  1. Saber discernir cuándo una demanda es jurídica y cuándo es de otra índole, tal como la denominábamos, "demanda de restitución subjetiva". Cuando es verdaderamente jurídica, uno de cuyos indicios lo constituye la posibilidad de pactar y pautar satisfactoriamente para los implicados en la demanda, sostengo que la ética del Juez debe llevarlo a responder desde allí sin pretender ir más allá.
  2. Cuándo la demanda es formulada (y aquí la capacidad de escucha del Juez es la que cuenta) en términos de subjetividad, la intervención jurídica, aún cuando no pueda denominarse terapéutica, puede aportar un escenario para que esa "verdad" de los sujetos en juego, esa verdad no dicha, tal vez sólo sugerida a quien sea capaz de oirla, para que esa verdad circule los senderos de la palabra y no los de las actuaciones, posibilitando, no la restitución subjetiva (que como vimos, nace estructuralmente en el engaño narcisista), sino un reposicionamiento subjetivo. Que cada cual, en el complejo familiar y también en sus reclamos, pueda posicionarse en forma distinta. Y allí sí: o bien se suspende el reclamo judicial, o bien éste toma otros carriles, menos provistos de los desgarros emocionales que suelen deparar los litigios vinculares.

La primera opción, que se suspenda el reclamo jurídico, abre a su vez a la posibilidad de que el o los sujetos implicados en el origen del reclamo puedan desplegar su demanda en un lugar Otro, en un servicio asistencial o en el consultorio de un analista o de un terapeuta, pero ahora con un sesgo de interrogación. ¿Sobre qué? Sobre la responsabilidad subjetiva que a cada uno le corresponde en el malestar que denuncia o lo atraviesa. Sobre el deseo que habita en cada uno de sus actos respecto a la familia. Y en el horizonte mismo de esa interrogación, si es posible estar a su altura, es decir, si se quiere o no lo que se desea. Lo que se abre entonces, es la posibilidad de una verdadera elección, por sobre la alienación ante el valor moral que rige al imperativo sobre la familia. Se aclara entonces que, cuando más arriba decíamos que el sujeto del deseo padece la positividad de la concepción de familia, no se trata de oponerle a ello un pretendido libertinaje de las pasiones ni nada que se le asemeje. En el horizonte, se halla una elección responsable acorde al deseo, que en el mismo movimiento se religa a la ley.

Aquí cabe una advertencia: la derivación, el reenvio del conflicto a otra escena, no puede responder a una fórmula burocrática del Juez. Se precisa de él previamente de un Acto capaz de interrogar la palabra de los demandantes desde esta esfera de la subjetividad y el deseo.

En el caso de continuarse la demanda jurídica, al haberse atravesado los confines del narcisismo, terreno por excelencia de la confrontación imaginaria y de la tensión en espejo con el otro, dicha demanda posee mayores posibilidades de transitar, ahora sí, los carriles del acuerdo y la mediación.

Finalizaré con un breve inventario de otras posibilidades del acto jurídico en las cuestiones vinculares, esta vez, las que considero deben tratarse de evitar.

El actuar judicial, al provenir de un dispositivo que encarna al Poder, puede contribuir a cristalizar los sentidos en los cuales se sostiene el conflicto, convirtiéndose así en sentidos legitimados por esa instancia, favoreciendo procesos de recrudecimientos pasionales (venganza, por ejemplo) y aún de revictimizaciones sobre algunos de los miembros del grupo familiar, por parte de las instancias jurídicas.

Puede tender a oficiar imaginariamente como cómplice de una de las partes por sobre la otra, favoreciendo el incremento de tensión entre ellas, eternizando incansablemente el reproche al Otro. Imaginariamente también, siempre habrá un Otro más Justo a quien recurrir, desconociéndose así la incosistencia estructural que todo Otro posee para llenar la brecha que se abre en el narcisismo.

Operar sobre quienes recurren a este ámbito con el anhelo conciente o inconciente de insuflar en ellos un "modelo" de pareja o familia a imitar, del cual el referente sea el operador, llámesele juez, abogado o perito.

Por último, creo que en este campo no debemos dejar de insistir en la interpelación mutua entre estas dos legalidades, la del Derecho y la del Sujeto, pues, aunque no podamos -y además sería inútil- reconocerles jerarquías a la una sobre la otra, su confusión no es sin consecuencias al momento de plantearnos nuestra labor con las familias y con los vínculos conyugales. El vasto campo de la familia excede por mucho al dogmatismo de los códigos al respecto. Y a su vez, no hay familia sino es en el marco de cierta legalidad, pues y al decir de Legendre, "la función jurídica opera el anudamiento de lo biológico, lo social y lo inconciente". Razón demás para profundizar y explorar los intersticios en los que se cruzan ambas legalidades.


Acheronta
Revista de Psicoanálisis y Cultura
Número 6 - Diciembre 1997

¿Quien Dirige la Cura en las Psicosis?

¿Quien dirige la cura en las psicosis?
Marina Averbach


"El espejo está roto, pero ¿qué reflejan los trozos?"
Ingmar Bergman, "De la vida de las marionetas"

Desde antes de la primer entrevista con un paciente neurótico, aún cuando no tenga ninguna información previa sobre el método analítico, contamos con ciertos presupuestos compartidos que nos posibilitan el diálogo: los presupuestos de una cultura común que permiten realizar el lazo social (condición necesaria, aunque no suficiente, para el acto analítico, que ocurre dentro del lazo social, y no fuera de él). Cuando nos encontramos con un psicótico nos enfrentamos a la ausencia de esos presupuestos, ausencia que hace que para él nuestro discurso sea tan discutible y carente de todo poder de certeza como el suyo para nuestra escucha.

Dos discursos se encuentran, el del psicoanálisis y el de la psicosis, y cada uno se revela ante el otro como lugar en que todo enunciado puede ser replanteado radicalmente, en el que ninguna evidencia tiene certeza de ser evidente para el otro. La psicosis cuestiona el patrimonio común de certeza y la lógica causal en que se funda nuestra cultura.

Freud ha aportado una comprensión de las psicosis, una serie de hipótesis causales, pero, con una honestidad que lo honra, concluyó: «No es posible el Psicoanálisis con pacientes psicóticos». Una fórmula negativa a la que, en años posteriores, han venido a sumarse otras: No hay elección de objeto, No hay simbolización, No hay Inconsciente (o hay "un Inconsciente a cielo abierto", como prefería Freud), No hay Nombre-del-Padre..., todas fórmulas negativas. Pero esto es definir la psicosis por una serie de en-menos, cuando la psicosis es otra forma de situarse en la vida.

¿Qué hacer entonces cuando en nuestra consulta, pública o privada, recibimos a un paciente al que hemos vedado de entrada el acceso a los frutos del análisis, de un "verdadero" análisis (si es que algún análisis puede ser llamado "verdadero")? ¿Expulsarlo de nuestra consulta? ¿Hacia dónde? ¿Al campo de la psiquiatría biológica, en el que lo aguarda otro "en-menos": menos dopamina?

Es indiscutible que las psicosis cuestionan lo que entendemos por psicoanálisis, por dispositivo analítico y por lugar del analista. Pero el psicoanálisis es una praxis. Esto quiere decir que en el campo de la experiencia freudiana no hay lugar para un conocimiento teórico de un fenómeno psíquico, sin que este conocimiento posibilite (no digo que asegure) una acción sobre el fenómeno. Si el psicoanálisis es una praxis, es una paradoja sostener que contamos con un modelo teórico que nos permite entender las psicosis y, a la vez, que esa "comprensión" es ineficaz.

Ahora bien, ¿tenemos los analistas una respuesta alternativa a las psicosis?.

Esta es una pregunta que se reactualiza cada vez que me encuentro con un psicótico, animada con "mi deseo de analista", deseo de apertura del Inconsciente, allí donde el Inconsciente ha sido rechazado; con una técnica y un encuadre que serán de continuo violentados; cada vez que se establece un encuentro (lo que no ocurre siempre) sucede algo allí que interroga a la teoría.

Las psicosis plantean muchos interrogantes. Escogí uno de ellos para titular esta presentación: «¿Quién dirige la cura en las psicosis?».

Desde Lacan sabemos que quien dirige la cura es el deseo del analista. La pregunta que me formulo es: ¿qué deseo pone en juego la psicosis en el lugar del analista?, allí donde ya no nos vale la feliz fórmula lacaniana: "deseo de apertura del inconsciente".

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¿Que nos autoriza a hablar de una aventura, la del psicótico, que, a diferencia de la neurosis, no hemos vivido subjetivamente?.

No comprendemos nada de la psicosis, porque nuestro esquema mental de neuróticos está organizado de acuerdo a nuestro fantasma neurótico, fantasma que se funda en el Complejo de Edipo, que es lo que en el psicótico ha fallado.

Recibo en la consulta a una mujer adulta, de nivel cultural alto y de religión judía, diagnosticada de esquizofrenia paranoide. En su delirio es la criada de Dios y sabe que debe hacer un espacio en su cuerpo para albergarlo. No sabe por qué, pero ese Dios al que debe albergar en su propio cuerpo, no es el de su religión: es Cristo.

Identifica a la voz que le habla: es la de su padre, muerto cuando ella era niña. "Debo tener un Edipo enooorme!", me dice. Luego se corrige: "Bueno, el que debía estar enamorado era él, porque cuando yo nací era un viejo como de 80 años... , y yo era una niña."

No creo que podamos decir que esta paciente no tiene complejo de Edipo, lo que no ha hecho es atravesarlo. Esa imposibilidad de atravesamiento por la máquina del Edipo, la imposibilidad de encontrar la solución al enigma que la Esfinge nos propone, fortalecen la faz imaginaria del Complejo; pero su faz oculta, (la simbólica, en términos), no ha sido alcanzada.

Este fracaso estuvo facilitado en la paciente por la avanzada edad y temprana muerte del padre. Pero ¿por qué fracasó?, no lo sabemos. No enloquecen todas las hijas nacidas en esas circunstancias, pero ella sí

No ha podido simbolizar el complejo de Edipo, descubrir un más allá del Padre imaginario. Sin una ley que lo sostenga, el espejo se ha roto y, con él, la imagen que soporta. Pero podemos preguntarnos: "¿qué reflejan los trozos"?, Los que, mal o bien, hemos atravesado la máquina del Edipo, podemos vivir con nuestras "paranoias", nuestra "esquizia", aquello que llamamos nuestra "melancolía", con todos esos horrores que nos apasionan y enferman, con nuestra "locura" en suma; sin la cual no seríamos quienes somos.

Dice Lacán: «Y al ser del hombre no sólo no se lo puede comprender sin la locura, sino que ni siquiera sería el ser del hombre, si no llevara en sí la locura cómo límite de su libertad" ("Acerca de la causalidad psíquica")

Todos deliramos. Pero el delirio psicótico, es otra cosa.

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Una de las respuestas que se ha dado a por qué el psicoanálisis no es posible con sujetos psicóticos, es porque no hay transferencia en las psicosis. No es una explicación baladí, ya que es la que da el mismo Freud en Introducción al Narcisismo (1914):

La transferencia es amor, y el amor es el signo de máximo desarrollo de la libido objetal, la libido del sujeto está fuera de él, está puesta en otro.

Freud hace una cita: «Allí donde el amor despierta, muere el yo déspota, sombrío» y la invierte: «Allí donde el amor muere (en la esquizofrenia) se afirma el yo déspota, sombrío».

No hay relación de objeto, dice Freud. Y no hay relación de objeto porque él, el psicótico, está en el lugar del objeto. Todos, antes de haber sido sujeto fuimos objeto, objeto del deseo de los padres, y, por lo tanto, de su amor y su odio, antes aún de que conocieramos esos afectos, y mucho antes de que tuvieramos palabras para nombrarlos.

El Complejo de Edipo es una máquina maravillosa. Se intoduce en la máquina un objeto, y ella fabrica un sujeto. (Aunque habría que matizar esta observación. Lacan ha insistido en que el psicótico no es sujeto, porque no está sujetado a su deseo. No ha atravesado el Edipo y, en consecuencia, no ha sufrido la castración, etc. Pero el mismo Lacan había dicho en el Seminario III: "en tanto habla al otro ... existe como sujeto". Y hay que ver cómo hablan, con que ironía!)

Hace uno tiempo, un paciente psicótico, al que llamaré Nicolás, me dio un ejemplo sencillo y acabado de esta muerte del objeto.

Se trata de un maníaco-depresivo que, desde hace un tiempo excesivamente largo, se ve arrastrado por una hiperactividad física que ningún medicamento ha podido refrenar, y una hiperactividad imaginaria, metonímica, que lo lleva de un significante a otro, de un objeto a otro, sin poder anudar su libido a ninguno.

De pronto emerge un objeto privilegiado: una mujer a la que ha conocido hace tiempo. Proyecta casarse con ella y hace planes para eso. Después de tanto tiempo a la deriva, que canalice su libido en un objeto resulta, cuanto menos, tranquilizador.

Pero me inquieta que haga planes irrealizables que puedan llevarlo a un nuevo fracaso, a un nuevo brote y a un nuevo ingreso. Le aporto entonces aquella significación que está eliminada en su discurso: la posibilidad de que esta mujer no comparta sus proyectos. ¡Ingenua de mí!... Me responde: "¿Y eso qué importa? ¡Hay tantas mujeres!". Ése es el lugar del objeto para él: "¿qué importa? ¡hay tantos!", y prosigue su loca carrera a ninguna parte.

Una paciente hispano-marroquí, casada, con hijos, entrevista por razones de trabajo a un cliente potencial. Sale de la entrevista enamorada de él. Puesto que se ha enamorado de otro hombre, abandona inmediatamente a su marido y a sus hijos y se va a vivir sola, iniciándose un progresivo deterioro. Pero ¿qué ocurrió con el objeto de su amor, áquel hombre que le provocó una pasión arrebatadora? Nada. No lo vio nunca más, ni hizo nada por verlo.

No hay objeto de deseo, porque no está la libido puesta en el campo del Otro. Esto trastoca toda la relación con el Otro: en el campo del amor, en el campo del deseo, en el campo del análisis.

Entonces, ¿no hay transferencia en la psicosis?. Evidentemente la catexis libidinal de un objeto se produce. Por lo tanto, la transferencia de una imagen proyectada sobre el analista, se da en las psicosis, lo que resiste al análisis es su exceso, no su ausencia. El psicótico transfiere a la situación analítica lo que continúa repitiendo de su relación con el discurso del Otro: su relación delirante con el Otro .

Juan llega a la consulta con un diagnóstico de esquizofrenia catatónica; rígido y silencioso. Cuando vuelve a hablar (esto se dice rápido: fueron necesarios meses de paciencia para que hablara, primero, y para que dijera algo, después), cuando vuelve a decir "algo", nos dice su delirio: Hay un Consejo que todo lo sabe, es el que toma las decisiones. Él, personalmente, no sabe por que hace las cosas que hace, son designios del Consejo.

Lo que recibe Juan del Consejo en su delirio, no son alucinaciones, sino ideas. No oye voces, sólo recibe sentidos. Sentidos plenos, acabados, que no hacen cadena: "Éstos son los buenos, esos los malos". "Va a haber una guerra". No tiene demasiada importancia que no sean alucinaciones auditivas, son frases que vienen del Otro y son certezas. Muchas veces el "escuchar voces" no es más que una manera de expresar lo que experimenta el sujeto psicótico. Lo que importa, dice Lacan, no es que escuche o no voces, sino que estos dichos le vienen del Otro, de afuera, y él no puede evitar sentirse concernido.

Voy a tratar de ejemplificar lo que quiero decir:

Una mañana en el Grupo de Psicóticos, un compañero le dice: "Tú, tío, estás de ingreso". Unas horas más tarde va a Tráfico a dar de baja al coche. Sobre su permiso de circulación ponen un sello: FUERA DE CIRCULACION

Ese significante adquiere para Juan un sentido distinto. Es un mensaje del Otro que no lo remite al coche, sino a su propio Yo. Él es quien está fuera de circulación. De pronto la frase oída unas horas antes, "estás de ingreso", adquiere el valor de una orden que no se puede desobedecer. Juan se dirige al Hospital a solicitar voluntariamente su ingreso.

Un neurótico también puede sentirse concernido por la frase "fuera de circulación". Desarrollaría un razonamiento obsesivo o se desmayaría, si fuera suficientemente histérico, pero no iría a ingresarse a un hospital psiquiátrico. Encontraría en ese significante que viene del Otro, "fuera de circulación", una metáfora que referiría a sí mismo para comenzar un juego metafórico; pero no vería en ella una orden.

Con el psicótico no es posible el análisis, porque no hay ningún saber analítico ni médico posible. Es él el que sabe. No hay ningún Supuesto Saber en el lugar del analista. Los excesos de transferencia imaginaria intentan cubrir el hueco que deja la ausencia de toda transferencia simbólica. Pero ese saber lo aplasta, lo borra como sujeto; sólo resta de él eso que sabe.

¿Confrontaremos su certeza con el saber del psicoanálisis? Piera Aulagnier cuenta un caso muy ilustrativo. Un paciente, al que llama Tomás, presenta un delirio con ciertas similitudes con el de Schreber: el deseo omnipotente de Dios es el de transformarlo en mujer, deseo con el que él se confronta. Una vez comenzado su análisis, encuentra por azar un libro de divulgación de la teoría analítica. A partir de su lectura su discurso sufre un vuelco: no es Dios sino su madre quien quiere transformarlo en mujer. Su discurso se ve invadido por explicaciones pretendidamente psicoanalíticas, todas tendientes a demostrar esta única idea: como, desde su infancia, su madre intenta transformarlo en mujer. Puede que algunas de sus explicaciones sean más accesibles a nuestra escucha, quizás en la Edad Media hubiera ocurrido lo contrario. La confrontación continua.

En realidad los psicóticos suelen estar bastante dispuestos a modificar su delirio si encuentran un discurso que se preste a sus fines. Tengo un paciente que construyó su delirio a partir de las reglas de un juego de rol que cayó en sus manos. Descubrió que la vida era un juego de Rol. Si alguno de vosotros conoce los juegos de Rol, coincidirá conmigo en que son una metáfora bastante acertada de la vida. Pero para mi paciente es mucho más que eso. Toda su vida está organizada como un juego de Rol, del que todos los que de algún modo nos relacionamos con él, somos piezas. Todo lo que yo diga va a estar condicionado por las reglas de ese juego, que tiene como fin poner a prueba su elección heterosexual. Aquí ya no hay ninguna metáfora.

¿Qué hacer, entonces, como analistas, si el paciente no puede suponernos saber alguno, suposición en la que se basa nuestro trabajo? Si no se nos supone ningún saber, tendremos que arreglárnosla con nuestra ignorancia.

Si no hay transferencia en la psicosis, en la medida en que el concepto de transferencia fue desarrollado por Freud en su trabajo con pacientes neuróticos, hay algo que permite nuestro trabajo y a lo que, de algún modo, tendremos que nombrar. Podríamos denominarlo una llamada, llamada que nunca ha sido escuchada. Muchas veces el encontrar alguien dispuesto a responder a esa llamada en la escena cotidiana, una pareja o un amigo, permiten al psicótico mantener una vida aparentemente normal; o anormal, pero que le vale.

Otras veces las circunstancias no son tan favorables. En esos casos sólo, quizás, quien ha hecho la experiencia de su propio inconsciente, pueda acoger la llamada del psicótico. El precio para el analista será el de renunciar a la seguridad de un dispositivo, de un lugar y de un deseo de analista, y consentir a que ese dispositivo, ese lugar y ese deseo, sean orientados por la llamada misma del psicótico.

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Si no hay transferencia simbólica, nos vemos privados de la interpretación, nuestra herramienta de trabajo. Si alguna vez, llevados por el deseo que nos ha conducido a hacernos analistas, cometemos el error de interpretar su discurso como lo hacemos con las neurosis, los resultados pueden ser catastróficos.

Recuerdo en particular un caso, de hace ya muchos años. Se trata de una paciente, que atendía en consultas externas de un hospital. Al anunciarle que yo iba a dejar mi trabajo en el Hospital (esto sucedió en Argentina) la paciente me pide continuar su terapia en mi consulta, a lo que accedo.

En la entrevista siguiente, aún en el Hospital, me pide precisiones sobre mi consulta. En una serie de preguntas, hay una que destaca: -"¿Hay otra gente en su consulta? ¿Hay sala de espera?". Cometí el error de interpretarlo en relación a su temor a quedar encerrada en una relación dual conmigo, lo que, por otra parte, era bastante coherente con su historia infantil.

Al otro día, la paciente me llama y me dice muy angustiada: --"Dra., quiero acostarme con usted".

Ésa fue su respuesta a mi interpretación. Una colisión imaginaria, por falta de mediación simbólica. Lo que falló allí no fue la transferencia, fue el Inconsciente. Mi interpretación se dirigió a un Inconsciente que no se había constituido como tal. (Aquí también quisiera hacer una matización. Oímos y repetimos muchas veces que no hay Inconsciente en las psicosis. Lo dijo el mismo Freud: "Inconsciente a cielo abierto" no es Inconsciente, si el Inconsciente es lo reprimido. Pero los psicóticos sueñan, y el sueño, según la teoría, es una formación del Inconsciente. ¿Cómo se explica esta contradicción?)

La pregunta esencial para todo sujeto es: ¿Quién soy yo?. Esta pregunta implica lógicamente otra: ¿Qué soy yo para el otro?. Mi palabra no interrogó el Inconsciente de esta paciente, sino que fue respuesta: "tú eres objeto de mi goce". Como el psicótico no puede demandarnos un saber sobre un objeto que no ha constituido en cuanto objeto de deseo, en su llamada se nos ofrece como el objeto que nos falta a nosotros, a quienes, en tanto neuróticos, sí nos falta el objeto.

Pero cuando un psicótico se ofrece a su analista como objeto, no es sin esperanza, en la medida en que un analista suele ser una encarnación más benigna del Otro que una madre cocodrilo que todo lo devora.

No es que el psicótico no nos escuche, sino que puede interpretar nuestro saber de analistas como una certeza sobre su lugar en el mundo, con el riesgo de que el análisis mismo se vuelva lugar de repetición de su relación delirante con el Otro.

Esos movimientos transferenciales del psicótico en relación a su analista, que lo inclinan ora del lado de la erotomanía, ora del lado del delirio de amor, no son más que intentos de ser objetos de amor del Otro (lo que debe ser bastante mejor que ser objetos de la voluntad destructora, "insensata" del Otro).

Pero esta misma voluntad de ser objeto de nuestro amor, objeto de nuestro deseo, nos señala que esta allí la transferencia. Transferencia que, si somos capaces de soportar, quizás permita anudar algo de su "extravío", de aquello que no tiene palabras para decirse, porque no tiene inscripción en el Inconsciente.

Lo que vale para el amor, vale para el odio. A veces el sólo soportar la transferencia "homicida" de un paciente paranoico le permite detener ahí algo de su locura (eso sí, en algunos casos puede ser recomendable hacerlo con un guardia forzudo en la puerta).

Hacerse objeto de la transferencia psicótica tiene también otros riesgos: no podemos recurrir a la interpretación para desanudar la transferencia, lo único que podemos hacer es soportarla.

Es sólo al no poder localizar en su analista un deseo que lo aloje como objeto, que un trabajo se hace posible. La ausencia de deseo del analista indica un lugar en el que espera que emerja un sujeto, lugar que el sujeto psicótico nunca encontró en el campo del Otro.

Si no podemos esperar que se abra una puerta de una casa que no existe, quizás podamos dejarnos usar, soportar la transferencia, dejarnos trabajar por ella, estar ahí, para que ahí el psicótico encuentre un lugar desde el cual reconstruirse. No huir de la transferencia imaginaria con que el psicótico nos invade. No huir, pero tampoco dejarnos fijar por ella.

Entonces, ¿cómo responder?.

En principio sabemos que, en cuanto analistas, nunca debemos responder desde el lugar en el que somos interpelados.

Intento no confirmar ni desconfirmar el delirio; no adherirme a las significaciones que me ofrece, ni oponerme a ellas. Ofrecer mi lugar como un espacio vacío: vacío de saber, vacío de poder, vacío de cualquier deseo en relación a él.

Intento empujarlo a decirse como sujeto, a dar explicaciones de lo que le pasa. Lo invito a que me diga algo de un saber que él tiene. Y, si no lo tiene, que se lo invente.

Esto no me excluye de ciertas responsabilidades. No puedo evitar tomar decisiones en ciertos momentos. Actuar como psiquiatra a veces es la responsabilidad que he aceptado, al aceptar en análisis a un psicótico. Si un sujeto no tiene recursos para protegerse de los fenómenos que lo invaden, me siento en la obligación de proveerlo de otros recursos, otras mediaciones: la de la medicación, la del ingreso, la de la intervención con la familia o el entorno.

No siempre es posible conjugar ambos discursos. A veces, el indicar un ingreso o una medicación, nos ubica en el lugar del Amo. En esos casos creo que se necesitan dos, uno que haga las veces de psiquiatra, otro de analista que conserve su lugar vacío de deseo.

Deseo del analista que habita un lugar vacío. Pero, ¿qué deseo? ¿Qué deseo nos lleva a hacer de "secretarios", de "testigos", de "semejantes" de un psicótico, o, por qué no, de "basureros"?.

Deseo de saber, curiosidad insaciable a la que no le basta con el saber neurótico. Del por qué de ese deseo, debería preguntárselo uno en su propio análisis. Por otro lado, uno puede ser analista sin necesidad de trabajar con pacientes psicóticos, si ese trabajo no está incluido en su deseo. Es lo que hizo Freud sin ir más lejos.

También deseo de ayudar, aunque hoy ese deseo, en ciertos círculos analíticos, sea vergonzante. Deseo de que el psicótico, por medio de su trabajo, se invente un lugar, se invente un saber, que le permitan hacer lazo social. Que con su delirio haga algo, que invente algo. Que viva con su delirio, como nosotros intentamos vivir con nuestro Inconsciente, y no para su delirio, como muchos neuróticos viven para su Inconsciente. Que no sea un autómata del Significante, que viva dentro de un lazo social que no agota la vida, pero que es imprescindible para que ésta sea posible.

"No hay psicoanálisis del psicótico", pero el psicótico puede beneficiarse del psicoanálisis, usar a su analista para obtener algo que ( en determinadas circunstancias ) él ,y sólo él entre todos los especialistas en salud mental, está en condiciones de ofrecerle, precisamente por ser psicoanalista. En el espacio creado por el psicoanálisis es posible, incluso con psicóticos, que se pronuncien algunas palabras que modifiquen la rígida relación que se ha establecido entre significantes y significados, que esas mismas palabras tan gastadas aparezcan bajo una luz nueva que posibilite que la experiencia nos cambie, a él y a nosotros

Para esto es necesario que el psicótico consienta a la experiencia que le proponemos, que no es poco.

Para concluir quería referirme a ciertos términos que he utilizado un poco "alegremente" en esta exposición:

Si el psicótico no es Sujeto, ni puede serlo, porque no es sujeto de deseo, no está barrado; deberemos inventar otra escritura para designar su subjetividad y no reducirlo al lugar de objeto. Como dice Lacán en el Sem. III "en tanto habla al otro... existe como sujeto". (¡Y cómo hablan al otro! ¡Con qué ironía!).

Si no hay Inconsciente en la psicosis, al menos si lo pensamos como el Inconsciente neurótico; sí algo hay ahí, algo que Freud llamó "Inconsciente a cielo abierto", algo que permite al psicótico soñar. Porque los psicóticos sueñan y, en nuestra teoría, el sueño es una formación del Inconsciente. Si a eso, según nuestro modelo, no podemos llamarlo Inconsciente, tendremos que inventarle un Significante a ese "Inconsciente".

Si no hay Fantasma en la psicosis, (al menos si aceptamos que el fantasma es respuesta subjetiva al deseo del Otro), sí hay algo allí que se parece a un fantasma: una serie de fantasías con las que el psicótico intenta arreglárselas con "lo que hay". Y, en algunos casos, podremos ayudarlo, como agentes simbólicos, a que realice una construcción fantasmática que le permita cierto lazo social.

Si no hay transferencia simbólica en la psicosis, hay algo que permite nuestro trabajo y a lo que, de algún modo, tendremos que nombrar.




Acheronta
Revista de Psicoanálisis y Cultura
Número 8 - Diciembre 1998

¿Escucha de la Realidad Psíquica vs Escucha de la Realidad Objetiva?

¿Escucha de la realidad psíquica vs. escucha de la realidad objetiva?
Carlos Fernández Gaos - José Perrés Hamaui

Ponencia presentada en el
"Coloquio Internacional de Sociología Clínica e Investigación Cualitativa en Ciencias Sociales".
Cuernavaca, Mor. 30 de junio a 5 de julio de 1997



I) INTRODUCCION

Si algo caracteriza al dispositivo psicoanalítico, en su propia especificidad, es justamente la dimensión de la escucha. Sólo a través de ella se crean las condiciones de posibilidad de la regla fundamental, la asociación libre, y de su contraparte, la atención flotante (o fluctuante, si se quiere ser aún más precisos).

Pero la pregunta esencial que surge concierne a qué escucha el psicoanalista y desde dónde se produce su escucha, como veremos a continuación. Si hemos recurrido a utilizar la expresión "dispositivo psicoanalítico" (1), es precisamente porque la clásica acepción de "encuadre" psicoanalítico (setting), no logra dar cuenta en forma pertinente, a nuestro entender, de los complejos y heterogéneos elementos que intervienen en la situación psicoanalítica. El término "encuadre", además, parece estar referido tan sólo a niveles metodológico/técnicos, en torno a las dimensiones témporo-espaciales. Vale decir, relacionados a delimitar un espacio y un tiempo muy precisos como constantes, en el mismo sentido que la presencia siempre igual del analista, del consultorio y su mobiliario, de las horas fijadas para la sesión, etc..., aspectos, todos, que permitirían poder destacar a partir de ellos, las variables provenientes del discurso del analizando en su relación transferencial con el analista. Todo ello muy próximo al clásico método experimental, lo que está de algún modo implícito en la etimología misma de la palabra "encuadre" (proveniente de encerrar en un marco, introducir una cosa dentro de otra, etc...). En suma, da la idea de una condición "estática" referida a reglas y normas de accionar constantes, posibilitadoras del trabajo analítico perlaborativo, totalmente explicitadas a modo de "consignas" en el llamado "contrato psicoanalítico", verdaderas "reglas de juego" de la situación o cura psicoanalítica. Todo lo que perfectamente podría entenderse como "lo instituido" del psicoanálisis.

Cuando en cambio hablamos de "dispositivo psicoanalítico" estamos refiriéndonos a las modalidades de regulación de todos los diferentes encuadres, en un proceso sumamente dinámico y cambiante, acercándonos más a la idea de lo "instituyente". Regulación que, lejos de ser tan sólo metodológica o técnica, es fundamentalmente de caracter teórico, con amplias repercusiones en las dimensiones metodológica/técnica, tanto como en la ética.

Como todo dispositivo, emanado de una concepción teórica, el psicoanalítico intenta delimitar un espacio preciso que genera un "adentro" y un "afuera" que, como régimen de luz, distribuye lo visible y lo invisible. Se trata de crear la situación de posibilidad para que ese "adentro" del dispositivo produzca condiciones o "líneas de visibilidad" (en el sentido foucaultiano) de los fenómenos sobre los que se quiere trabajar o incidir. Para nuestro caso, en la situación psicoanalítica, sería más adecuado introducir el neologismo "condiciones de escuchabilidad" (2) ya que, precisamente a partir de Freud, se revolucionó epistemológicamente el paradigma en juego, pasándose del "campo de la mirada", que caracterizó históricamente al naturalismo y a los empirismos y positivismos, al "campo de la escucha" que el Psicoanálisis como disciplina, redimensiona sustantivamente.

II) LA ESCUCHA DEL ANALISTA, LA OBJETIVIDAD Y LA REALIDAD EN LA DIMENSION TRANSFERO-CONTRATRANSFERENCIAL DEL ANALISIS.

Si el dispositivo psicoanalítico busca crear un "adentro", como indicábamos, es precisamente para permitir que el analista ejerza su función esencial de escucha, posibilitadora y facilitadora de la asociación libre del paciente. Insistimos en este punto, pese a su obviedad: no es porque generamos el espacio para que el paciente tienda a la asociación libre, que escuchamos, sino más bien es porque estamos ubicados en la actitud de escucha de un discurso, con sus determinaciones inconscientes, que posibilitamos al paciente a hablar libremente, a romper con las "representaciones meta" y eliminar buena parte de la censura, al servicio de la racionalidad y transmisibilidad del discurso consciente.

Pero, ¿porqué escuchar, qué escuchar, cuándo escuchar, dónde escuchar, para qué escuchar y por último, nuestra fundamental pregunta anterior, desde dónde escuchar? Contestar todas estas interrogantes nos implicaría un largo camino de teorización, que excedería los límites de la presente ponencia. Pero no podemos dejar de esbozar algunas respuestas mínimas a estos problemas, ya que conciernen a lo medular de nuestra reflexión presente.

Queremos a través de la misma discutir la supuesta oposición existente entre la escucha de la realidad psíquica, tarea esencialmente analítica y, por otro lado, la escucha de la realidad objetiva, lo que no pertenece obviamente al "adentro" del dispositivo psicoanalítico, lo que parecería quedar excluido del mismo por decisión expresa del analista ya que, lo discutiremos, la única realidad que parece interesarnos como psicoanalistas es la que remite al sujeto deseante, al que organiza la realidad objetiva tamizándola a partir de su historia personal, su novela familiar, la construcción de sus imaginarios, su particular subjetividad" en una palabra, su estructura deseante como reguladora de su contacto con el mundo exterior, dándole significaciones específicas desde sí mismo, o más bien desde su mundo conflictivo, como sujeto escindido.

Cuando, en cambio, hablamos aquí de escucha de la realidad objetiva, no estamos refiriéndonos obviamente al término más genérico connotado por este concepto. Sabemos muy bien, epistemológicamente, que esa realidad objetiva es inaprensible y por ello imposible de ser escuchada en ningún ámbito y menos aún, si cabe, dentro del dispositivo analítico.

La escucha a la que hace referencia nuestro trabajo supone otra cosa, justamente la que los gestores e integrantes de la Sociología Clínica proponen, a saber: una nueva escucha que rompa con los criterios rígidos y, a veces, fragmentarios de la escucha analítica; lo que fundamental pero no exclusivamente, refiere a todos los aspectos sociales que conciernen al paciente: su inserción de clase, sus antecedentes étnicos, su historia social familiar, su interpretación ideológica del mundo. etc... Es evidente que esos niveles suelen estar bastante ausentes de un análisis más "tradicional", especialmente en Francia (o en Europa, en general) donde los conceptos producidos por la Sociología Clínica, reeditando con rigor y precisión los viejos y equívocos planteamientos del freudo-marxismo y los de la psicosociología, suenan casi inentendibles al mundo psicoanalítico, provocando una verdadera sensación de "extrañeza".

Pero, curiosamente, y esto es algo que debiera ser meditado en favor de la teorización en Sociología Clínica, en América Latina, en términos generales, y más específicamente en lo que concierne a todos aquellos analistas que hemos tenido que enfrentarnos a duras situaciones sociales de represión y dictadura, (como es el caso de uno de los coautores de la presente ponencia, formado en Uruguay como analista, con psicoanalistas argentinos disidentes de la APA y la IPA por problemas políticos en torno a la inserción del psicoanálisis en la sociedad), las cosas suelen ser bastante menos rígidas y tradicionalistas que en Europa.

Por ello la mayoría de los ricos y valiosos planteos de autores pertencientes a la corriente de la Sociología Clínica nos resultan convergentes con nuestra propia forma de pensar el psicoanálisis. De ahí que no veríamos realmente una verdadera oposición entre la escucha de la realidad psíquica y la de la llamada realidad objetiva.

Frecuentemente invocada como argumento para decidir la validez de las afirmaciones que intentan caracterizar lo que acontece en el mundo humano, se identifica en general lo psíquico con lo propiamente subjetivo, en tanto se refiere a la vivencia personal, a la valoración individual, mientras que, por su parte, lo objetivo es considerado en el nivel de lo que trasciende al individuo, en el sentido de que le preexiste, le subsiste y es independiente de su vivencia o experiencia. No está por demás señalar que este es uno de los problemas que se encuentra en el centro de las discusiones acerca de los límites y posibilidades de la investigación cualitativa, en la medida en que es cuestionada por la investigación cuantitativa en su capacidad de dar cuenta de las generalidades. Cuestionamiento, por demás interesante, pues habla del lugar preponderante en el que se erige esta investigación cuantitativa a la que, a nuestra vez, tendríamos que cuestionar en su capacidad de dar cuenta de las particularidades. Pero dejemos ese tema que, por sí mismo, sería motivo de otro trabajo.

Nuestro interés se centrará en lo objetivo y lo subjetivo en relación al sujeto singular, cuya inclusión o exclusión como origen de las argumentaciones e informaciones, constituye el eje alrededor del cual se despliegan los discursos acerca de su validez. Dejaremos de lado estos términos en su connotación empirista; al igual que lo haremos con las polémicas referidas al proceso de conocimiento: éstas son añejas cuestiones que casi podríamos considerar superadas, o desterradas de las ciencias sociales actuales.

Hablar de una realidad objetiva, en tanto exterior al sujeto y absoluta en su naturaleza, es encararlo a una realidad que, como ya señalábamos, precisamente por su caracter inaprensible e inaccesible, se impone al sujeto como inminente e inescapable, y es, simultáneamente, proponerle criterios calificadores de su propia vivencia; de sus experiencias, dando con ello la pauta para justificar las acciones que han de tomarse en su favor o en su contra, con respecto a lo que dice o hace. El caso de los debates en torno al discurso jurídico es ejemplar en este sentido, pues excluyendo al sujeto singular, define un sujeto genérico abstracto que hace que cada singularidad, sea un ejemplo o caso particular del sujeto abstracto, y es sobre esta definición que prescribe el régimen de sanciones y privilegios a los que ha de sujetarse. El sustento de esa definición, muy frecuentemente está referido, teóricamente, al llamado "derecho natural" que otorga a las prerrogativas y restricciones de la vida en sociedad, un caracter real y absoluto, léase objetivo, que sólo tendría que ser reconocido. Pero también es el caso de las normas y caracterizaciones emanadas de las generalizaciones abusivas, que pretenden hacer de ellas una demostración de una realidad ante la que sólo es posible ubicarse autocalificándose.

Cabe acotar que, en nuestro caso, partimos de la premisa de que nada del orden de lo humano está exento de la subjetividad, pues ella es la que lo define, y, por ende, nada de lo que de lo humano habla es carente de ética. Etica y poder, son las dimensiones que el hombre ha creado como verdaderos encuadres de su devenir, y sus apellidos posibles instituyen, en última instancia, el régimen de realidad en el que cada individuo se mueve. De esta manera, cualquier intento de hacer de estos apellidos parte de la naturaleza objetiva es, en consecuencia, muestra de la vigencia de la ética y el poder que los mantiene, no de su objetividad.

Así planteada esta premisa, es posible pensar las normas como subjetividades colectivas, consensuadas e incluso universalizadas, los valores e identidades como expresión de imaginarios sociales, los mitos como cemento de los grupos, etc., todos ellos subjetividades que, no porque trascienden al sujeto individual, son por ello objetivas, a no ser que así se entienda ese término, y no constituyen, por tanto ninguna realidad aparte de la que el propio hombre construye.

Hasta aquí le hemos seguido la pista, aunque sea muy brevemente, a una noción de objetividad que se identifica con la de realidad y se erige en absoluta. Estamos conscientes, como ya indicábamos, que no es la noción que más goza de la simpatía de los asistentes a este coloquio, que por su título convoca, precisamente, a quienes hemos sufrido la tiranía del absolutismo cientificista, sin embargo, todavía no están de más, aunque no sea más que para engrosar las argumentaciones, estas breves disgresiones reivindicadoras. Pero para proseguir la respuesta a nuestra pregunta es necesario, aún, revisar el término "realidad".

La noción de realidad que cada uno se construye, siguiendo a Piera Aulagnier, se ciñe, por un lado, a los criterios que de ella da la cultura de referencia y, por otro, a las vivencias personales de quien la cultura prescribe que ha de incorporarlos. El hecho mismo de hablar de culturas de referencia nos permite exponer el caracter subjetivo y subjetivante de estos criterios, lo cual implica que hay distintos criterios de realidad, o si se quiere, distintas realidades, de acuerdo con las particularidades del grupo de referencia, sea éste el científico, el médico, el religioso, etc...y, en congruencia, no tendríamos razón alguna para pensar que los criterios de realidad de estas culturas deben corresponder, o deben coincidir, salvo que sea una la que se imponga.

Para el Psicoanálisis, en la medida en que su tema es la subjetividad misma, y lo adelantábamos hace un rato, la realidad objetiva no está colocada en oposición a la psíquica. Si bién este concepto de realidad objetiva implicó definiciones ditintas y nunca totalmente claras en la obra de su creador (3), (principio de realidad opuesto al principio del placer, prueba de realidad como función psíquica atribuida a la tópica de lo consciente, etc...), sin embargo, esta misma ambigüedad no hacía más que dennotar la insistencia de Freud de ceñirse a los criterios de una cultura cuyos regímenes de verdad y realidad se estaban desmoronando y que, en ese proceso, depositó, casi como único recurso, sus certificaciones en lo que consideró su conquista más sublime y poderosa, a saber, la razón científica.

Para el Psicoanálisis la realidad, para ser tal, debe ser apropiada por el sujeto. No es sino esto lo que nos muestran las vicisitudes por las que, con este concepto, pasó el vienés. Los caminos por los que se da esta apropiación, tienen como condición necesaria que esta realidad pre-exista en forma de discursos y estructuras, a las que se incorpora el sujeto singular, aunque a condición de que en ellos se vean los deseos que las movilizan. De este modo, el hecho de que sean estructuras que trascienden al sujeto no quiere decir que no sean captables, o que se desconozcan, o que sean opuestas a la realidad particular del sujeto, muy por el contrario, forman parte constitutiva de él y se harán valer para nosotros, privilegiadamente a través de la palabra. materialidad y objetivación de la inter y trans-subjetividad por excelencia.

Volvamos ahora a nuestra pregunta inicial ¿desde dónde escuchar? Si la pregunta que titula nuestro trabajo toma ahora esta forma, es porque, en última instancia, la función de escucha remite a quien la efectúa y lo que escucha está determinado por su lugar teórico-epistemológico tanto como histórico vivencial, su propio inconsciente incluido, desde luego. No hay pues escucha que no sea histórica, en el sentido de la historia interiorizada y simbolizada por el analista. Eso conduce a las conocidas dificultades para analizar a personas pertenecientes a culturas o subculturas totalmente ajenas al analista (a nivel de experiencias antropológicas o por análisis de inmigrantes). Haberlo enunciado de este modo no quiere decir que se trate de lugares claramente delimitados, pues los unos están implicados en los otros en la persona concreta que escucha. Ahora bien, hablar de la escucha es hablar del sentido que toma lo que es dicho; del modo en que es interpretado. Resulta evidente que lo que se habla, a su vez, es una interpretación. Podríamos decir, siguiendo esta linea y haciendo referencia a lo que mencionábamos al principio, que aquello que interpreta el que nos habla, constituye el "afuera" del dispositivo y, por tanto lo que conforma la realidad objetiva. Sin embargo, esta no es una realidad absoluta, sino una realidad subjetivada históricamente; generacionalmente, pues como dijera Focault, "No hay nada absolutamente primario para interpretar, porque en el fondo ya todo es interpretación; cada signo es en sí mismo no la cosa que se ofrece a la interpretación, sino la interpretación de otros signos" (4).

Así, en rigor, lo que podríamos considerar realidad objetiva, no es sino una realidad transindividual, o, mejor aún, trans-subjetiva, que atraviesa tanto el lugar del que habla como el del que escucha. Como puede concluirse, es ésta una realidad que no puede quedar en el "afuera", es más, es constitutiva del propio dispositivo analítico, pues de ella forma parte, inclusive, el discurso en el que se fundamenta como dispositivo.

Sin embargo, ésta no es una realidad en abstracto, sino que tiene apellidos muy precisos a los que nos referimos como "cultura de referencia. En estos términos cabe preguntarse con respecto a los problemas que involucra la escucha cuando los lugares en los cuales se construye un cierto sentido, son culturalmente distintos, lo que más arriba esbozábamos. La realidad en abstracto, atraviesa a ambos, paciente y analista, pero la realidad trans-subjetiva es distinta para ambos. Podríamos decir, sin temor de abuso, que son estas trans-subjetividades, tamizadas por las subjetividades singulares. las que se ponen en relación inter-subjetiva en el dispositivo analítico, y es este tamizado, precisamente, lo que es puesto en el centro del trabajo clínico, en la medida en que su interés es el sujeto singular, aquel cuyo tamiz es su propio psiquismo. Sin embargo, ello no implica desconocer las condiciones trans-subjetivas, sino, por el contrario, compromete a adentrarse en ellas e interiorizarlas, si es que pretendemos que lo que es devuelto al paciente le sirva para construir un otro sentido.

Notas

(1) El concepto de dispositivo se origina inicialmente en Foucault, recibe importantes desarrollos a través de los aportes del socioanálisis: "dispositivo de análisis", "dispositivo de imtervención", "dispositivos institucionales", etc.

(2) En vez de "condiciones de audibilidad", idiomáticamente correcto pero carente de la fuerza significativa del neologismo propuesto.

(3) Para una revisión más extensa, consúltese el trabajo: Perrés, J. "La problemática de la realidad en la obra de Freud: sus repercusiones teóricas y epistemológicas (Aportes para una epistemología freudiana". En: Suárez, A. (Coord.) "Psicoanálisis y realidad". Siglo XXI eds. México, 1989. pp. 111-153.

(4) Foucault, M. "Crítica a las técnicas de interpretación de Nietzsche, Freud, Marx". Antigua Casa Editorial Cuervo. Buenos Aires. (sin fecha), p.18


Acheronta

Revista de Psicoanálisis y Cultura
Número 8 - Diciembre 1998

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